María Elena Walsh por Ana María Bavosi

MARÍA ELENA WALSH

Han pasado unos cuántos días de la desaparición física de María Elena Walsh.
Las noticias de radio y televisión no la mencionan.
La información siempre rápida, avasalladora, cambiante, aliada fiel de la desmemoria,
sigue su curso.
Pero desde aquí nos resistimos al olvido. Su cuerpo ya no está, pero su voz estará
siempre presente y debemos mantenerla viva.
Varias generaciones cantaron, leyeron, repitieron una y otra vez sus maravillosos
versos, sus disparatados limericks, en fin se apropiaron de sus palabras, disfrutaron y
atesoraron el arte de su música.
María Elena era una creadora auténtica, una autora en mayúscula, poseía el don y
también sabía de la importancia, de trabajar incansablemente en el oficio de escribir y
de componer melodías.
Fue y seguirá siendo una autora transgresora. Cuando por los años 60 se dedica a la
literatura infantil, su obra es totalmente innovadora, presenta características únicas.
Como la propia María Elena, con posterioridad reconoció, su literatura, sus poemas “no
tenían ningún carácter docente ni moralista ni eran aplicadas al programa escolar. Era
un concepto revolucionario el pensar que la versificación no tenía porqué tener un
contenido didáctico”
¡Qué maravilla! Un adulto que ofrece a los niños arte, ética y estética con el único fin
del disfrute, del gozar diciendo, cantando, escuchando, en una entrega absolutamente
gratuita.
El didactismo, el fin utilitario no tienen lugar en la obra de María Elena Walsh.
No trabajó pensando en lo que le servía al maestro o al programa escolar, ni en la
propuesta editorial vendedora. Hizo literatura, creó melodías, en fin fue y será una
verdadera artista.
Podríamos decir muchísimas cosas más de María Elena, pero me gustaría compartir
con ustedes un pasaje de la ponencia que realizó en las Jornadas Pedagógicas de la
Organización Mundial de Enseñanza en 1964 y que tienen total vigencia:

“Pensemos que nuestros niños, desprovistos de abuelas tradicionales o nodrizas
memoriosas, lo primero que oyen y aprenden son los jingles publicitarios. De lo que
se deduce que una de las actuales nodrizas del niño es la televisión, y que de ella
absorbe las más precarias formas de versificación, música y atropello de la sintaxis.
Una seudopoesía destinada no a despertar sus sentimientos y su imaginación, sino a
moldearlo como consumidor ciego de un orden social que hace y hará todo lo posible
por estupidizarlo.

Creo, para finalizar, que deberíamos tomarnos un recreo, buscar entre los estantes algún
libro de María Elena o quizás un viejo LP y disfrutar plenamente recordando tiempos
pasados. Comprobar que Manuelita sigue siendo la tortuga más original que conocimos,
que es posible que una vaca quiera ir a la escuela, que el mundo del revés en realidad
existe y que no hay nada más aburrido que una princesa quieta, quieta, como una
galleta.

Si tenemos el privilegio de tener niños cerca, no duden, compartan cuentos, poemas,
canciones y verán como María Elena sigue viva y goza de buena salud.

Ana María Bavosi

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